jueves, 11 de septiembre de 2008

Narraciones

EL GATO Y EL PERRO

Tilo

Esta leyenda trata sobre dos animales que puso Dios para que fueran fieles amigos del hombre. Un día Dios hizo una prueba para ver cuál de los dos animales era realmente fiel al hombre, entonces Dios retó al diablo para ver si podía hacer que los animales traicionaran a su amo. El diablo aceptó y dijo que si los animales se dejaban contar los pelos le pertenecerían. Dios aceptó, y dijo -empezaré con el gato.
Cuando éste se preparaba para ver cómo le iba hacer para convencer al gato y traicionar a su amigo, se le presentó un gato. diablo le dice al gato, ¿te gustaría comer cosa buena?, -ah sí- respondió el gato. -Entonces déjate contar los pelos– dijo diablo. El gato accedió a que el diablo le contara los pelos.
El diablo estaba contento con su primer triunfo, el gato le pertenecía. Al día siguiente se presentó de nuevo el diablo a la choza del indio, dispuesto a contarle los pelos al perro. El buen perro al darse cuenta, se escondió para que el diablo no le contara los pelos. El diablo se enojó mucho porque no encontraba al animal, y mejor se retiró.
Entonces el salió de su escondite y dijo -piensa que yo soy como el gato-.
Al día siguiente el perro se encontraba descansando en la puerta del jacal del indio y el diablo lo sorprendió. Al verlo, el perro le preguntó -¿Qué quieres conmigo?- a lo que el diablo le responde -sólo quiero platicar un rato–, -¿Cómo le hiciste para que el gato se dejara contar el pelo?-, -pues le abrí los ojos para que no sea tan bobo ya que el hombre sólo le da migajas y resto de lo que ellos comen-.
Para que el diablo lo dejara de molestar, el perro se lo concedió. Entonces empezó a contarle los pelos al perro, pero éste, al ver que estaba por terminar se sacudió para que le diablo perdiese la cuenta. Fueron tres veces que hizo lo mismo. Entonces el diablo se enojó y le pegó una patada porque no se dejó contar los pelos y se marchó con su derrota.
Es por eso que el perro y el gato no se pueden ver, ya que el perro le tiene coraje al gato porque traicionó a su amo.


LAS DOS MUJERES Y LA ORFANDAD DE JANITO

José Trinidad Cordero Jiménez

¡Hay hija! Esta tierra no será lo mismo si te vas del pueblo. Cada vez me huele a muerte y si me encargas al niño, mañana ya no enciendo las velas y no cuento el rosario.
Abuela, vendré todos los sábados a traerte dinero y panela pa’ tu café. Ñich hizo una pausa, luego insistió. Ándale, no es por mucho tiempo.
Los rayos del sol comenzaban a entrar por las rendijas de la casa. Ñich estaba parada frente al fogón moviendo una olla con atole, mientras la abuela sentada, saboreaba un poco de café. El techo parecía un montón de hojas abandonadas. Sólo aquellas dos mujeres y el niño daban vida a la triste casa de paja. Ñich termino de mover el atole, retiro la olla del fogón y lo colocó en el suelo a orillas de leñas húmedas amontonadas en un rincón de la cocina.
La anciana volvió al asunto:
¡Ay hija! ¿No te das cuenta que sólo es un niño?
Ñich acomodó su cabello, miró por la ventana y con cierta nostalgia contestó:
Abuela, es mejor para Janito, no me quiero quedar aquí con los brazos cruzados pa´ ver si Dios se acuerda de nosotros y nos bendice de una vez por todas por las penas que pasamos. Y si estamos pobres es porque nosotras queremos y por creer que Dios nos tiene preparado un mejor lugar después de la muerte.
La abuela quedó pensando. Ñich tomó la ropa doblada que estaba sobre la mesa y las puso en un cartón.
Me tengo que ir antes de que se despierte el chamaco.
Hija, pero qué le digo a Janito cuando se levante.
Ahí le inventas que fui al pueblo a comprarle un juguetito.
A la anciana se le escapó la mirada por el campo despoblado de árboles, de flores y cantos de pájaros. Respiró hondo, quiso decirle a Ñich que su madre había hecho lo mismo con ella y que nunca volvió de la ciudad. Era el secreto más grande. Ñich la odiaría. La anciana pensó en la soledad de su vejez y decidió callarse.
Anda hija, pero júrame que vendrás los fines de semana.
Ñich tomó las dos manos arrugadas de la anciana, las apretó fuerte y le dijo despacio a su oído.
¡Juro que vendré abuela, lo juro por la vida!
Con lágrimas en los ojos, las manos de la anciana se fueron deslizando poco a poco hasta soltarse de Nich.
La madre de Janito tomó la vereda, llevando en su mente el nombre de su hijo y a su espalda sus únicos vestidos; se fue adentrando en el paisaje de las llanuras hasta perderse.
¡Mamá! ¡Mamita! Se escuchó el grito del niño dentro de la casa.
La anciana llevando sus manos al pecho, sintió que la muerte le tocaba los huesos. Se dirigió a donde el niño. La mirada inocente del niño se cruzó con la mirada cansada de la anciana.
¿Y mi mamá? preguntó Janito con una amplia sonrisa por despertar un día más.
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Continuará en la próxima edición

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