La espera de una madre (continuidad del texto anterior)
José Trinidad Cordero Jiménez
¿Y mi mamá?-volvió a preguntar el niño.
La anciana se quedó sin palabras, sintió las ganas de decirle la verdad. Pensó un momento y luego le dijo a Janito
-Ven hijo, tu mamá preparó el atol que a tí tanto te gusta
El niño se bajó de la cama. Medio dobló la cobija carcomida por los años y se dirigió a la cocina siguiendo a la abuela. Se sentó a lado del fogón. Mientras la anciana servía el atol. El niño jugaba con la lumbre, pasando la mano de izquierda a derecha y viceversa.
-¡Te vas a quemar!
-No abuela, al fuego no le tengo miedo. Mi mamá me ha dicho que de todos modos algún día, si nos portamos mal, en el más allá ha de arder nuestra sangre. Lo que sí me da miedo es que mi mamá se muera.
La anciana se quedó callada, no podía esconderle nada al niño. Janito era muy inteligente y no se le escapaba nada de los ojos.
-Mi mama no anda aquí. No siento el ruido de sus pasos ni el camino de su respiro.
-No hijo, cómo crees, tu mamá no nos deja, ella se moriría sin nosotros y nosotros nos morimos si nos abandona.
-¿Dónde estás mami? Mamitaaa- gritó el niño desde la cocina, creyendo que su madre estaba escondida en algún lugar como cuando juegan a las escondidas.
La anciana con cierta nostalgia, respiró hondo como exhalando el último respiro. Se acercó a Janito, lo rodeo de con los brazos y le dijo cariñosamente
-Hijo, tu mama salió al pueblo. Vendrá en unos días, fue a comprarte el juguete que te gusta. ¿Te acuerdas de los trompos, los carritos y de la pelota que vimos en la feria?
-Sí
-Y ¿de los dulces de compite que parecían huevos de paloma?
-Sí
- y ¿de los caballitos que querías montar?
-Sí, sí.
-Pues tu mami fue trabajar para traerte muchos juguetes.
-¡Pero si aquí trabajábamos juntos!
-Hay hijo, estas tierras ya no dan pa´ más, por eso se fueron los campesinos a la ciudad y tu mamá siguió sus huellas por que se cansó de trabajar y no recoger buenas cosechas ¡Ya vez que la otra vez se cortó el dedo del pie y nos quedamos sin comer una semana! ¿Te acuerdas?
-Sí, pero yo voy ser grande y voy a trabajar para ustedes dos.
- Hay hijo, yo ya no probaré las cosechas de tu siembra, ya no doy pa’ más años.
Aquel niño tenía sueños tan profundos que la anciana decía con el pensamiento que más bien parecía un hombre de mucha experiencia.
-Y ¿cuándo viene mi amá?
-El sábado en la mañana seguro que ya está aquí.
-Pero si apenas es domingo.
El niño hizo un conteo con el dedo y dijo:
-faltan seis días y los días son largos y más largo todavía si no hay con quien jugar.
-Yo no sé ni contar, pero seguro jugamos los dos a las escondidas, así como tu mamá- La abuela quedó pensando un rato y luego le preguntó a Janito -¿Y seis días son muchos?
-Muchísimos abuela- respondió el niño alargando la mano que sin darse cuenta chocó con Chijki (perro) y los dos se soltaron a reír.
Los días comenzaron a transcurrir lentamente dentro de la casa de paja. Las veces que la anciana se iba junto al fogón para preparar la comida Janito no hacia otra cosas que mirar el camino por donde su madre se había ido; estaba seguro que ahí mismo volvería. Así fue pasando lunes; el martes por la tarde alguien vio al mismo niño sentado en la misma piedra y el miércoles que llovió, el niño solo estaba a la puerta de la casa mirando la vereda mojada y los torrentes de aguas que se alejaba de la gotera como serpiente asustada. El jueves el niño y la abuela llegaron a cargar un poco de leña. Ya el viernes el niño al anochecer le dijo contento a la abuela:
-Mañana viene mi mamá. Y me va a traer muchos juguetes.
-Si hijo, solo hay que pedirle a Dios que todo salga bien.
-pero abuela mi mamá ya ni se acuerda de Dios.
-Janito, es la desesperación que obliga olvidar las cosas de la vida, de nosotros y de Dios.
El pequeño contempló el revoloteo de las luciérnagas y las pequeñas estrellas colgadas en el cielo. Se quedó hasta dishoras de la noche y al final se fue a dormir soñando despertar en los brazos de su madre al día siguiente.
El sábado el niño despertó muy temprano y se sentó junto a la puerta, mirando el camino. Esa mañana no desayunó ni se tomo el atol que tanto le gustaba. Estaba ansioso de ver a su madre. El sol comenzó a besar la espalda de Janito quien ufanamente le dio la cara para saludarlo. La abuela le trajo su atol pero el pequeño parecía que solo tenía el deseo de ver a su madre que era la única que podía saciar el hambre y la sed, mientras el atol se espesó y se enfrió; parecía ser que Janito también se iba enfriando a la luz del sol, pues su madre no llegaba. La anciana intento consolar diciéndole que la ciudad era demasiado retirada y que a lo mejor llegaba mas tarde.
-¡Nos mintió abuela… mi madre ya no vuelve!
-No digas eso… tu madre no hará eso.
La anciana hizo memoria que Ñich había sido abandonada y tuvo miedo que volvieran a ser una realidad aquel recuerdo que remordía tanto la conciencia de la anciana en no decirle a Ñich el secreto de que ella había sido abandonada por su madre cuando apenas comenzaba a caminar.
-Sí viene… tiene que venir… dijo la anciana y se metió a la casa. Encendió una vela y se puso a rezar frente aquellas imágenes que tanta fe le tenía.
El sol se fue inclinando hacia el horizonte. Janito comenzó a sentir la tristeza más ahondado en su corazón de hombre valiente, se sintió herido pero se aguantó las ganas de llorar, luego se acordó que su madre le había dicho que solo los verdaderos hombres lloran por que tienen un gran corazón y que con el llanto se lavaba las penas del alma, no dudo un momento más y ante aquella tarde lánguida, cerró los ojos y dejó caer una lágrima. La abuela lo miro, se acerco al niño y juntos, abrazados dejaron que las lágrimas lavara la tristeza mientras le decía:
¡Vendrá! ¡Sé que vendrá!
Continuará en la próxima edición.
El autor es originario de Chapultenango, Chiapas. Estudiante de Lengua y Cultura de la UIET
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La leyenda de la Mujer Fría
Jorge Elvis Sánchez Sánchez (JESS)
Las leyendas forman una parte medular de las culturas en los pueblos de México. Algunas de estas son populares, incluso, se han escritos libros, canciones y hasta películas.
Realidad o fantasía, no lo sé, pero lo cierto es que mucha gente en diferentes regiones, construyen sus propias historias. Hay quienes ante estas situaciones se portan escépticos y otros que llegan a creer en ellas, incluso comentan que lo han vivido en carne propia. De esto me gustaría narrarles una de las tantas leyendas que se relatan en mi pueblo, Oxolotán.
Oxolotán está ubicado en la Sierra tabasqueña, asentada en una pequeña planicie, rodeada por cerros y un caudaloso río que baña las orillas del pueblo. Cuenta además con un templo que data del siglo XVI, vestigios de lo que fue un convento dominico en el periodo colonial.
Mis abuelos y padres me han narrado varias leyendas, entre ellas: “la sirena”, “la viejita que sale de la cueva”, “los duendes”, “la rueda cabeza”, “el charro negro”, “la viejita del templo” y “la mujer fría”. Esta última me llama mucho la atención, ya que últimamente varias personas aseguran a verla visto.
Mi abuelo contaba que “la mujer fría” era unas de las que más temían. Lo aterrador de esto, decía él, era que a las personas que se les aparecía este ser extraño moría poco a poco si no se le curaba a tiempo. El abuelo la describía como una mujer muy hermosa, de piel clara, con cabello rubio, muy largo, y un vestido blanco que le cubría todo el cuerpo y llegaba hasta el suelo. Él explicaba que únicamente se le aparecía a los hombres y casi siempre cuando estaban solos, su hora de aparición era por la madrugada y a las orillas del pueblo. Los síntomas que padecía un hombre cuando tenía la mala experiencia de haberse encontrado a la mujer fría eran, al inicio, un intenso frío; pero si no se atendía a tiempo sufría fiebre y convulsión, hasta llegar a la pérdida del conocimiento y por último la muerte.
Cuenta una vez que un señor, conocido como Don Cucho, se le apareció en el lugar donde el laboraba. Don Cucho, es un señor de edad adulta, alto y fornido, es casado y tiene una hija. Es un hombre muy trabajador, pero tenía un defecto, antes de que la “mujer fría” se le apareciera era muy mujeriego. La ocupación de Don Cucho antes de dedicarse a la albañilería, era la panadería, que por cierto, era muy conocido por todo el pueblo por sus ricos panes domingueros, la prueba es que el producto se le terminaba en un santiamén, ya que la gente sólo esperaba a que salieran del horno para llevárselos. La panadería estaba a la entrada del pueblo, rodeada por grandes árboles, esto hacía que el lugar estuviera siempre con poca luz de sol durante el día, y por las noches, los focos de las casas más cercanas, apenas y lograban a iluminar la calle que da hacia la entrada del pueblo.
Una mañana de noviembre Don Cucho salió a trabajar como de costumbre. El pueblo estaba cubierto por neblina, solo los ladridos de los perros se escuchaban a lo lejos y los cantos de los gallos anunciaban el amanecer. Eran aproximadamente como a las 4:00 a.m. cuando el llegó a la panadería, se sorprendió al ver que una mujer muy hermosa estaba justo en la puerta de su centro de trabajo. Muy asombrado le preguntó qué hacía a esa hora de la madrugada, ella respondió que le estaba esperando. Aún sin entender le preguntó su lugar de procedencia, la mujer con una leve sonrisa le dijo que vivía muy cerca del poblado y que venía a verlo.
Muy emocionado invitó a la mujer a pasar a la bodega, cerciorándose de que ahí ella estaría más segura, Don Cucho, aprovechando la oportunidad de estar solos empezó a besarla, ya casi estando en una situación muy comprometedora, ella le dijo que saldría un momento. Sin darse cuenta de lo que estaba pasando, él comenzó sentir un escalofrío muy extraño e inexplicable, al punto que él frío se le hizo insoportable. Al querer ver a la mujer para cerciorarse si estaba afuera de la panadería, solamente vio una silueta que se perdía en la oscuridad.
Con gran dificultad se dirigió a su casa y le contó a su esposa lo que le había pasado, ella comprendió rápidamente lo difícil de la situación y fue por ayuda. En unos cuantos minutos la esposa llegó con un curandero y éste, viendo los síntomas que tenía el hombre, le dijo que la persona con la que había estado era La Mujer Fría. Don Cucho sufrió mucho para poder recuperarse del susto que había tenido esa madrugada.
Otro caso ocurrió hace unas semanas. Un conocido contó que tuvo la mala experiencia de haberse encontrado a la Mujer fría. Comenta que una noche se puso a ingerir bebidas embriagantes, ya por la madrugada estando muy ebrio se dirigió al patio de su casa, -el patio de su casa tiene acceso al río-, de repente, vio como una hermosa mujer lo llamaba, él empezó a dirigirse hacia ella y sin darse cuenta estaba ya en la orilla del río. Sintió el agua sobre sus pies y fue entonces cuando comenzó a pedir ayuda, no podía moverse y un frío intenso invadía su cuerpo; de inmediato su esposa y sus hermanos que estaban despiertos acudieron a su auxilio. Los mismos síntomas que tuvo ésta persona, son los mismos que una vez mi abuelo me contó.
No sé cuáles sean los motivos o el origen de las leyendas que se narran en los pueblos, lo cierto es que, desde hace ya muchos años y hasta en la actualidad mucha gente afirma que es una realidad, además, forman una parte esencial de la cosmovisión de los pueblos en México.
El autor es originario del Poblado Oxolotán, Tacotalpa; Tabasco. Actualmente docente de la UIET
Beso Suicida
Edgar Darinel García.
Mi mente distraída... ¡oh rayos! Se me vienen los recuerdos… hace tiempo que te conocí. Una infancia casi olvidada, tiempos que pasaron y fuimos creciendo juntos, nos separamos durante mucho tiempo, nuestro encuentro fue algo inexplicable, en ese rincón donde solía estar sentado me encontraste, tu luz me iluminó, tu beso de hada me dio la vida devuelta, me tomaste de la mano para caminar juntos, me enseñaste a ser fuerte y a estar solo.
Tu llegada calmó mi sed, me diste de beber, calmaste la extraña sensación de placer que había en mí. Tú, el silencio, el frío, la soledad y yo compartimos momentos fúnebres aunque pasamos por muchas cosas malas, nunca dejamos de luchar. Seguimos nuestro camino viajando en este laberinto sin salida, en este mundo los dos de la mano flotando siendo obligados a vivir. Nunca soñé ni me imaginé que tú me harías daño, jamás sospeche que tú me torturaras de dicha forma. En medio del camino por un instante te separaste de mi por solo una distancia y aun así no dejaste de estar conmigo aunque sea por unos instantes. Recuerdo aquella tarde hermosa todo era gris entre tú y yo. El viento sopla enfurecido golpeando mi rostro. Sabía que pasaba algo tenebroso. No me deja estar tranquilo mi comportamiento, era raro pero resistí. Pasaron días y de pronto te miré con un cuchillo filoso en la mano, abriste mi pecho. No te importó romper mis huesos. Llegaste a donde pertenecías y desde adentro, tu alma pedía a gritos la libertad que yo impedía darte. El momento llegó, teniendo mi pecho abierto clavaste el cuchillo en mi corazón. Lo abriste lentamente causándome mucho dolor. Fue ahí dónde tu escapaste de mí.
Grité y grité, me volví adicto al dolor pero jamás lloré, ni cuenta me di que estaba muerto. Me miraste con ojos de fuego y una lágrima roja rodó en tu pálida mejilla. Desde ese momento empecé a seguir tus pasos; apliqué lo que he aprendido de ti; las fuerzas que me quedaron las usé en contra tuya; las horas se hacían eternas, quería que fuese mañana pero ya no lo hubo.
Llegó mi turno, era el momento de decirte ¡muérete! Los minutos pasan y mis labios no dejan de temblar, era la hora de terminar, me sonreíste y te acercaste a mí. Mi cuerpo ardía de calor, era un volcán en erupción. Mi mente perturbada, recordando nuestro romance, los besos de pasión. Mi mente ya quería liberarse de ti. Te miré y me acerqué a ti con un abrazo. Esperando que bebieras de mis labios te dije con una dulce voz, ¡bésame! y ¡muere!
El autor es originario de la comunidad Sombra Carrizal, Huitiupan, Chiapas. Estudiante de la UIET
La verdad
Jesús Garcia Guadalupe
La lluvia cae sin premura desde muy temprano. Ahora el canto de los pájaros se une al rítmico sonido de la lluvia. Pienso en la tarde que llegué. No sé porque tengo que acordarme de ésto hoy. Lo que en verdad debo hacer es la tarea del profesor Robles. ¡Tareas…! ¿Quién las inventaría? ¡Qué pinche hueva! Tener que elaborar el trabajo que me piden en la escuela. A veces creo que mi papá tiene razón cuando me dice que la escuela no sirve.
Antes de llegar discutí acaloradamente con mi padre. Él me trató de convencer de que no estudiara. Sus palabras aún están frescas en mi memoria. _No sea pendejo, mijo; aproveche el tiempo. No lo pierdas en la escuela. ¿Qué vas hacer lejos de la casa? Aquí tienes todo. Bien que mal, tenemos esa laderita. Aunque poco se cosecha, da pa’ comer.
Y por otro lado, mi mamá decía: déjalo Pancho, si el muchacho quiere ser estudiado tiene derecho. Que no sea como nosotros. Ya ves, vivimos como animalitos sin saber de la vida. Todo esto recordaba y me entristecía.
Quizá ya estaría casado con la Rita, ella estaría preñada y yo ya habría sembrado aprovechando el temporal. En cambió aquí estoy pensando en cómo hacer la tarea. Nunca me dejaban leer tanto como este maestro. Es malo este pinche profe. Nos deja leer y escribir, cosa que no estamos acostumbrados. Casi todos nos rezan “no deben copiar las ideas de otros, si no citan es plagio”. Jamás nos lo habían dicho. Hasta dieces sacaba en la prepa. No había escuchado hablar de “plagio”. Y entonces me pongo a pensar ¿por qué nos dan copias?, yo creo que si los autores supieran que se fotocopian sus libros se enojarían mucho. Si supieran que sus artículos andan danzando por los salones hechos bolitas. Sus ideas ruedan de aquí para allá todas arrugados y van a caer al cesto. Caen en el olvido, en las garras de la ignorancia. Si yo fuera escritor me daría mucho coraje que mi libro anduviera huérfano de manos y de ojos.
¡Ah! extraño mi casa, a mis hermanos, pero sobre todo, la comida que prepara mi mamá. Bueno también en la Rita. Cuando pienso en ella quiero salir corriendo rumbo a mi pueblo, la quiero mucho. Puedo sentir lo cálido de su cuerpecito junto al mío. Sus labios temblorosos diciéndome, no Pedro, todavía no. Mi papá me decía que ya me la llevará, que me daba un lugarcito para que viviéramos y trabajará con él en su terrenito. Lo pienso y lo repienso.
Pero bueno al menos me gusta lo cómodo que es estar aquí en la escuela y no allá, bajo los rayos del sol en la milpa. En verdad lo difícil de estudiar es ponerse al ritmo de los demás, de quienes sí estudian, porque creo que esto de la interculturalidad nos tienen tan chechos que nos dan tanta facilidad para trabajar y no hacemos nada. Ya me lo decía mi primo Juan “no es posible que tengan todo y no cumplan con sus tareas”.
Estoy recordando la única vez que mi papá me habló tan entusiasmado y hasta creo que se sintió cómo esos señores que están hablando para la televisión porque lo pude ver en el brillo que tenía sus ojos. Fue cuando le pregunté por cuentos y leyendas que él se sabe. Esa es la única vez que me dijo que sí me estaban enseñando en la escuela. Déjenme decirle que en un principio se puso como energúmeno, decía que para qué sirve saber eso, que él no sabía nada, que mejor lo buscáramos en los libros porque ahí es donde está la verdad, no en la gente del pueblo.
Le platiqué que estamos investigando cómo es nuestra comunidad. Le dije que nosotros sí sabemos; lo que nosotros sabemos no lo saben los otros. Y él se quedó mirándome incrédulo. Tiempo después confirmé que estaba cambiando de parecer. Escuché cuando le decía a mi mamá que yo era diferente, que nunca me había interesado por lo que hay en nuestro pueblo. Me dio gusto escucharlos.
Casi es de noche, la lluvia arreció y no he podido terminar mi trabajo. Le diré al profe que me enfermé y que se la entregaré después. Como somos interculturales me sabrá entender. Además, tengo otra tarea que entregar temprano sino me reprueba el profe Melitón.
El clima es propicio para el estudio ya que es fresco tirando a frío, pero ya es muy tarde, mejor me duermo pensando en mi Rita.
El autor es originario del estado de Veracruz. Actualmente es docente en la Universidad Intercultural del Estado de Tabasco.